Cruce por el lago General Carrera
Llegamos a Balmaceda alrededor de las 10 am con un leve retraso. ¿El plan? Hacer el cruce por el lado más grande de Chile: el General Carrera.
Sebastián, nuestro guía y anfitrión, y Esteban, el transportista, nos esperaban. Ambos nos acompañarían durante toda esta semana. Nos subimos a la van rumbo al Cerro Castillo. Si bien Aysén es una región donde se pueden experimentar todas las estaciones en un día, esa mañana nos dio la bienvenida un sol brillante.
Mi primera impresión me dejó boquiabierta: el paisaje me recordó a la isla sur de Nueva Zelanda. Y me fui así —con la boca literalmente abierta y los ojos algo llorosos—, pegada a la ventana, emocionada por lo que veía, emocionada por los recuerdos de ese lugar al otro lado del mundo que se parecía tanto al sur de Chile.
El cielo estaba teñido de un azul limpio, un tono al que los santiaguinos no estamos acostumbrados. Las montañas se erigían imponentes al final del camino. Entre ellas destacaba el majestuoso Cerro Castillo, un monstruo de 2.675 metros de altura.
Nos detuvimos al borde de la carretera. El escenario era perfecto: una pareja de huemules se paseaba a pocos metros de nosotros y no parecían intimidados por la presencia humana. La Reserva Nacional Cerro Castillo es el lugar ideal para avistar a estos mamíferos en peligro de extinción. Pero no sólo eso, además, posee una de las mejores rutas de trekking de Chile, muchas veces comparada con las Torres del Paine, en la región de Magallanes. Sin embargo, esta ruta es menos transitada, lo que le da un atractivo adicional.
Continuamos nuestra ruta hacia Villa Cerro Castillo, un pueblo de montaña de unos 500 habitantes, fundado en 1966, el perfecto punto de partida para visitar la reserva del mismo nombre.
Entramos a la hostería-restaurante Villarrica, donde por fin pude prestar atención a los lugareños. En el sur de Chile la gente es distinta. Es muy acogedora pero, al mismo tiempo, tímida. Esto se debe a que si Chile está aislado del mundo, los ayseninos lo están aún más. Y es probable que hayan desarrollado más amistad con los argentinos del otro lado de la cordillera que con los chilenos “del norte”.
El restaurant Villarrica no sabe de menudencias: los churrascos que pedimos eran del tamaño del plato. Fácilmente, tres personas podían comer de un sandwich. Pedí la mitad para llevar y seguimos hacia Puerto Ibañez, a media hora de camino desde Villa Cerro Castillo.
Para más información, villacerrocastillo.com.
En el camino a Puerto Ibáñez, nos detuvimos en Parcela Doña Leo, una hermosa casa de madera —como todas las que visitaría en Aysén— donde don Emilio y doña Ida dieron vida a su emprendimiento: un restorán y un conjunto de cabañas emplazadas en medio de la naturaleza. Además, tienen productos como nalcas con menta y mermeladas hechas con distintos productos de la zona.
El cruce por el lago
Puerto Ibañez no deja indiferente a nadie. Los colores, el silencio y el enorme lago General Carrera se imponen, rodeando a este pequeño puerto donde esperamos a La Tehuelche, la barcaza que nos llevaría a Chile Chico.
El lago General Carrera, conocido por los Tehuelches como Chelenko (Lago de las Tempestades), tiene 978 km2 y es el segundo más grande de América del Sur, luego del Titicaca. Su superficie es compartida por Argentina, donde le llaman lago Buenos Aires.
La embarcación que une Chile Chico y Puerto Ibáñez mide 70 metros de largo y 15 metros en su sección más ancha. Puede trasladar unos 30 vehículos y tiene capacidad para 250 pasajeros en un moderno salón con butacas individuales, sistema de ventilación y calefacción. Además, dispone de cafetería, camarote de enfermería, acceso y baños para personas con discapacidad y bodegas para el equipaje. El cruce toma poco más de dos horas.
No había dormido la noche anterior y el vaivén de la barcaza me incitaba al sueño. Pero preferí ir en busca de un café y disfrutar de la vista. El viento azotaba fuerte la cámara, lo que dificultaba grabar imágenes del paisaje que me recordaba otros viajes en otros tiempos y lugares.
Cansados, nos dirigimos al hotel Posada del Río. Cada lugar me sorprendía más que el otro: este hotel, ubicado en un paraje desolado, pero hermoso, me recordaba a los pueblos de Alaska que había visitado el año anterior.
El hotel Posada del Río está situado en un territorio de 4 hectáreas, en un lugar donde el viento —y a veces la lluvia— se convierte en la música incidental de esta película de paisajes típicos de la Patagonia. Está construido en madera y cuenta con dos salas de estar, una sala de juegos de mesa y de lectura. Las habitaciones son amplias y tienen baño privado, televisión y calefacción.
Cuando llegamos se había cortado la luz, lo que le daba un toque especial al lugar. Pronto volvió y Andrés Segovia de Patagonia Xpress nos visitó para contarnos de qué se trataría el tour que haríamos al día siguiente. Luego cenamos una sopa de zapallo deliciosa y nos fuimos a dormir a las 11 de la noche.
Hace tiempo no dormía tan bien y tan profundamente, en parte, por la comodidad de la cama, en parte, por el sonido del viento patagón que susurraba desde la ventana.
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