Da lo mismo si me subo a un avión al otro lado del mundo o a un bus para viajar a una ciudad dentro de mi país: tú siempre lloras. Te escondes tras esas gafas enormes, pero sé que lo pasas mal y no puedes evitarlo. Tu imagen de angustia se queda conmigo mucho tiempo y me deja un sabor muy amargo.

Sé que me quieres y que quizás piensas que es la última vez que me verás. Sé que cuando ves las noticias, temes que ocurra algo en el lugar donde yo esté. Aunque soy una mujer adulta, te gustaría que no viajara sola. Pero te entiendo. No creas que yo no me siento igual: a veces —demasiadas veces— me angustio pensando que algo podría pasarte y yo no pudiera llegar a tiempo.

Pero te pido, te ruego, que no me cortes las alas. Entiendo que no hayas tenido la posibilidad de viajar en tu juventud como yo lo he hecho y que sigas pensando en el mundo es un lugar muy peligroso. Tu cariño podría confundirse injustamente con egoísmo. Pero deja que te cuente como es allá afuera: he conocido gente bondadosa y buena, he visto lugares maravillosos y he vivido experiencias únicas. En cada momento me acordé de ti y soñé con que vieras lo que yo veo con mis ojos. Anhelo volver a casa, mostrarte mis fotos y compartir mi alegría contigo. Cada vez que vuelvo, lo hago cansada, con unos kilos menos, pero feliz, y tú siempre me esperas con mi comida favorita.

Mi alegría conlleva una tristeza muy grande porque sé que debo romperte el corazón cada vez que decido partir. Pero también sé que se curará al verme tan feliz a mi regreso. En cambio, el mío podría no recuperarse jamás si no puedo cumplir mis sueños. Por favor mamá, no me cortes las alas. Prometo cuidarme y volver otra vez a casa.

Dedicado a mi mamá, pero también a mi papá, que no llora, pero sé que también lo pasa mal.

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