Estar ahí era un error: Patong representa todo lo que no me gusta: viejos verdes persiguiendo jovencitas, turismo de plástico, prostitución, etc. Todo esto se resumía en un sólo lugar: Soi Bangla, una larga calle de Patong donde el turismo sexual tailandés se vuelve realidad. Y decidí hacerle una visita al rey de la noche: el ping pong show en Tailandia.

Patong es una localidad ubicada en Phuket, al sur de Tailandia. La vida nocturna se divide en Soi Bangla —o Bangla Road— y Paradise Complex, dirigido al público gay. En ambos se pueden encontrar clubs y go go bars.

La decadencia siempre es algo que me ha atraído, pero más que nada con un fin periodístico para escribir de la experiencia. O será que soy sapa.




En Soi Bangla estaba lleno de turistas y de tailandeses ofreciendo servicios de dudosa reputación, mientras asiáticas muy jóvenes bailaban en los tubos de los bares expuestos hacia la calle. Ninguna sonreía. Ni siquiera lo intentaban.

Tal y como había escuchado a otros viajeros que habían visitado Tailandia, los locales se nos acercaban y nos mostraban un catálogo con las atracciones ofrecidas: shows de sexo lésbico, de ladyboys, y el clásico show de ping pong, entre muchos otros, todo a cambio de consumir alcohol. Ya había visto suficientes prostitutas en los bares de Chiang Mai y viejos ingleses persiguiendo a adolescentes tailandesas, pero quería ver de qué se trataba este famoso show. Así que aceptamos y seguimos a la mujer.

blangla

Así es Soi Bangla, la calle de la perdición: los protagonistas son las luces de neón, turistas por doquier y prostitutas.

Nos llevó por un callejón iluminado. A la entrada nos pidieron dejar nuestras botellas de agua. Pasamos por una cortina y nos sentamos. Nada más parecido a cualquier bar de mala muerte. En el escenario, una docena de asiáticas bailaba de manera desganada. Una vez más, ninguna sonreía. Se notaba que no querían estar ahí. Se movían lánguidamente, como serpientes, vestidas con bikinis negros. Ninguna era particularmente agraciada. Si me hubieran dicho que eran colegialas, les habría creído.

Podía contar a los espectadores con los dedos de una mano. Aparte de mi amiga y yo, había dos parejas de extranjeros occidentales que miraban lo que ocurría en el escenario como quien mira a una mujer cantar un sufrido bolero. El resto eran hombres solos, la mayoría asiáticos.

Nos trajeron la carta. Los precios de los licores eran exorbitantes. Una cerveza costaba alrededor de 50 dólares, en un país donde una cerveza de medio litro cuesta, con suerte, 2 dólares.

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Se fueron las chicas del escenario y apareció un tailandés para el siguiente show. Estaba desnudo, con el pene erecto y un condón puesto. Se arrodilló a unos metros de un arco en miniatura. Agarró una pelota de fútbol y empezó a jugar a acertar al arco. La escena era grotesca y me quería ir. No sabía si iba a soportar ver el show de ping pong, el fuerte de la noche. Por si no tienes idea de lo que estoy hablando, esta es una de las actividades más famosas de Tailandia. En ella una mujer juega ping pong con algún asistente o espectador. Se mete la pelota en la vagina y la arroja para que su contendor responda con una paleta. Quería saber porqué generaba tanto interés en los visitantes al país de las sonrisas.

Ping_Pong_Show

Cuando el tailandés seguía apuntándole al arco, se nos acercó, por segunda vez, la camarera. Esta vez tenía una actitud más agresiva. La sonrisa tailandesa había desaparecido. Yo no tenía ninguna intención de gastar 50 dólares en una cerveza y cada vez tenía menos ganas de ver el show de ping pong. Los tailandeses no son tontos y saben que la mayoría de los espectadores van para ver ese show y no los otros. Si no consumíamos no habría ninguna posibilidad de verlo.




Claudia empezó a discutir con la camarera y el ambiente se puso denso. Si alguna vez pensé que me podían sacar las córneas en el Sudeste Asiático, éste era el escenario perfecto. Se acercó otro encargado del bar. Intenté bajar las revoluciones para poder arrancar sin consecuencias. Y así fue: debimos marcharnos sin ver el ping pong show. De cierta forma, estaba aliviada. Luego me enteré que otros escapistas no tienen tanta suerte y se ven obligados a desembolsar alrededor de US $200. Y si no los tienes, un amable tailandés te acompañará a un cajero automático.

Sin duda, el turismo sexual de Tailandia es uno de los atractivos del país. Traté de verlo con ojos neutros, sobre todo porque soy una persona abierta de mente, pero me provocó mucho rechazo ver a tanta mujer y ladyboy intentando seducir a los gringos. Era todo tan obvio, tan barato, tan patético, una postal del lado más oscuro del Sudeste Asiático. Pero más triste aún era escuchar a viajeros jóvenes —la mayoría ingleses— alucinados por haber tenido sexo con una tailandesa menor de edad.

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