Una mañana de domingo recibí varios mensajes de personas agradeciéndome por inspirarlas a viajar. Por eso decidí escribir este artículo.

Cada vez que leo uno de esos mensajes, me emociono. A pesar de llevar ya 4 años con La Vida Nómade, no he perdido la capacidad de emocionarme cada vez que alguien me dice lo importante que fue leerme o ver alguna de mis Stories de Instagram para dar el siguiente paso.

Y tengo que hacer una confesión: yo me veo en cada uno de ustedes. Por eso me llega tanto.

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Vengo de una familia pequeña, donde fui muy sobreprotegida. Demasiado. Esto obedecía a las inseguridades de mi madre, por asuntos que solo competen a ella. También, a las aprehensiones de mi papá. Tenía 15 años y me iban a dejar y a buscar al colegio. Tomar una micro —un bus del trasporte público— era prácticamente arriesgar la vida.

Ni hablar de ir a otras comunas de Santiago.
Ni hablar de viajar sola.

Y no se trataba de clasismo, se trataba de miedos construidos a partir de experiencias de vida que se traspasaban a mí y a mi hermano, pero mucho más a mí, por ser mujer, por ser la menor.

A esto sumémosle que hasta más o menos esa edad, los 15, sufrí bullying en el colegio. Seguro a la mayoría le ocurrió lo mismo, pero había un detalle: soy una persona sumamente sensible.

Es genial, porque hasta el día de hoy vivo las películas como nadie. Escucho una canción y lloro de emoción o me río sola y vibro. Y ni hablar de los viajes. Los vivo todos como si fueran el último.

Pero ser tan sensible tiene su lado negativo. Si alguien me dice “fea”, me da lo mismo, si crees que algo así me ofende, atentas contra mi inteligencia.

Sin embargo, nunca entendí la maldad de la gente, hasta ahora. La traición, la envidia, las malas intenciones y, sobre todo, la falsedad, son cosas que aún me cuesta entender.

A veces siento que soy un animalito que creció en un bosque verde rodeado de otros animalitos, flores y sol. Y un día lo llevaron a un zoológico donde todo era gris y los otros animales vivían atrapados y envueltos en su miseria, por eso mostraban los dientes y mordían. El bosque verde es mi casa y mi familia; el zoológico, el colegio y la vida real.




Así me pasaba los días en mi castillo de cristal, imaginando como era el mundo exterior. De a poco, y sin permiso de nadie, me escapaba del colegio y me tomaba cualquier micro. A veces aparecía en poblaciones desérticas que nada se parecían al Chile que hasta entonces conocía. Y me gustaba. Nunca me sentí cómoda con eso de las clases ni con vivir en un barrio “acomodado”. Siempre me dio un poco de vergüenza. De hecho, omito poner en mi currículum el colegio donde estudié. Encuentro injusto que eso “me dé una mano para encontrar un trabajo”, cuando no tiene nada que ver con mis capacidades.

Luego entré en la universidad y me encontré con personas muy distintas, de otros barrios, de otras realidades, algunos con plata, otras sin plata. Y éramos felices yendo todos juntos a Tongoy, a quedarnos en un hostal de mala muerte donde, incluso, a veces compartíamos hasta la cama. Éramos nosotros, sin etiquetas, sin clases sociales. De a poco fui convirtiéndome en quien soy ahora. Pero en esa época, aún arrastraba el dolor del bullying de mi infancia, dolores que se quedan contigo siempre, aunque no quieras.

Hace unos días encontré mis notas de enseñanza básica. Me puse a llorar. Lloré durante horas. Tenía las mejores notas y un montón de diplomas por ser la alumna más destacada en inglés de toda la generación. Los comentarios de los profes se repetían “muy inteligente, cariñosa, amistosa, alegre”. Y lloré porque no recuerdo a esa Fran. Prácticamente no recuerdo mi infancia.

Cuando me cambiaron de colegio, esa Fran desapareció, estuvo oculta mucho tiempo. Los profes seguían insistiendo que era muy inteligente y nunca entendí porqué. Nadie entendía porqué bajaban mis notas y no quería ir al colegio. Pasé de ser una alumna brillante a que casi me echaran. Aún recuerdo esa reunión en la oficina del director, junto a mis padres. Mi pasado como buena alumna era un salvoconducto para que no me expulsaran.

Además, había entrado en una fase existencialista. Había dejado de creer en Dios a los 9 años y yo iba en un colegio de curas católicos. Siempre había sido rebelde, pero ahora lo era más. Había empezado a leer obsesivamente a Nietzsche. Hoy me causa un poco de gracia, porque supongo que era muy engrupida para mi edad. Pero quería entender el porqué de las cosas.




También estaba la música, mi primer gran amor. A los 14 escuchaba Nirvana. A los 15 me enamoré de David Bowie, Roxy Music, T-Rex y The Velvet Underground. Empecé a escribir sobre música, haciendo reseñas. Buscaba excusas para escribir sobre historia de la música para cualquier materia.

Sin embargo, fue un taller extra programático el que me salvó de caer más profundo: teatro. Durante muchos años estuve en ese taller. Cuando Oriana Martínez, la profe, decía “¿quién quiere salir al escenario?”, yo sentía que el corazón se me salía del pecho, una mezcla de pavor y necesidad imperiosa de levantar la mano y decir YO. Y así, aterrada, me subía al escenario. Las luces me cegaban y casi no veía al público, pero el personaje se apoderaba de mí y sentía que podía volar.

De ese grupo salieron varios actores que hoy son conocidos en Chile. Yo quería ser actriz de teatro. Más aún, quería ser dramaturga y escribir, escribir y escribir. Plasmar esta melancolía eterna que me acompaña desde siempre.

También quería ser periodista de National Geographic o de la BBC y hablar con la verdad. Me apasionaba —y me apasiona— la historia y los conflictos bélicos.

Coqueteé con la idea de ser veterinaria, pero lamentablemente mi hipersensiblidad —por llamarlo de alguna manera— atenta contra mi amor por los animales.

Y finalmente, quería crear cosas y dar rienda suelta a mi creatividad, por lo que el diseño también estuvo presente, pero en segunda fila.

No haber estudiado teatro y dramaturgia fue uno de los dolores más grande que acarreé por años, pero casi por casualidad lo contrarresté con la creación de varios blogs. El más importante fue mi blog de música —mi primer amor—, London is Dead, donde jugaba a la periodista y escribía sobre mis bandas favoritas, The Smiths y Joy Division.

Tenía 17 o 18 años y nadie sabía quien escribía ese blog. Firmaba como Nina Simone. Hasta que puse una pequeña foto, medio borrosa, de mi anuario. Y era imposible no identificarme. Por esos años iba mucho a la Blondie. Yo tenía el pelo muy largo y muy rubio, con volumen. Me vestía de negro y cultivaba un look medio setentero. En todas partes me decían Cristina y los Subterráneos (aunque, honestamente, creo que, aparte del pelo, no me parecía en nada).

Y volvieron los ataques. Cuando se supo quien era la chica del blog, mi libro de visitas —los comentarios de esa época—, explotó. La mayoría era de personas tan fanáticas de The Smiths como yo. Muchos comentarios era de tipos que me invitaban a salir o que pensaban que yo era alguien muy especial solo por escribir de su banda favorita. Era raro.

También había un grupo de mujeres, pequeño, pero muy corrosivo, que me dejaban los comentarios más horribles e hirientes. El gusto de atacar por atacar. Además, el hecho de ser rubia no me jugaba a favor. La “cuica” se iba a meter al club más alternativo de Santiago, entraba gratis y más encima la dejaban poner música. Incluso un día me agarraron a patadas.

A la “cuica” no la dejaban trabajar sus padres, entonces, buscaba formas ilegales de hacer plata copiando discos o bajando mp3 de Napster y vendiéndolos entre los fanáticos de la música, haciendo un primitivo marketing por correo electrónico.

Ganaba mucha plata. Mucha.

Me juntaba con un grupo de gente que parecía obviar el hecho de que yo venía del “otro lado de Santiago”. Con el dinero ganado con los discos, los invitaba a todos a un bar y pagaba la cuenta. Eran mis amigos o eso parecía. Luego descubrí que de ese grupo salían muchos de los que me atacaban por el blog. No había caso, la gente no me perdonaba la rubiedad.

Me llegaban regalos desde España, Portugal, Perú, Estados Unidos, etc. London is Dead fue el único sitio web en español de The Smiths en el mundo por años. Pero eso podía ser peligroso. A veces la gente es tan fanática que los hace actuar de forma irracional. Salí un par de veces con lectores del blog. Algunos se decepcionaban de que yo no era una vegetariana asexuada como predicaba Morrissey. Otros me recuerdan hasta el día de hoy. Incluso, algunos estudiaron periodismo, inspirados por mi blog!!!!

Yo, en tanto, entré a estudiar diseño gráfico en vez de periodismo. La idea de compartir con el mundo lo que yo escribía no me parecía tan atractiva (más adelante explico la razón). Luego, estudié diseño de ropa. Pero cuando me llamaban a entrevistas de trabajo y me decían que básicamente tendría que copiar Zara o viajar a Europa a copiar tendencias, empecé a decepcionarme de este mundo, un camino que comencé a transitar en la universidad: mis compañeras eran muy superficiales y hacían cosas bastante patéticas con tal de ser algo populares.

Siempre he estado relacionada con el mundo gay y me llama la atención que entre los homosexuales se ataquen tanto, ya sea por el físico o por ser más o menos femeninos. Cuando estudié diseño de vestuario, había un grupo de chicos gay que vivía literalmente hablando del resto. Conociéndolos un poco, me di cuenta que toda su vida habían sido objeto de acoso y de rechazo. Habían crecido con el miedo constante de no entender porqué eran diferentes, con el terror de que sus familias no los aceptara. Entonces, entendí que su constante cahuín y hablar mal de otros era una forma de defensa. Yo no quería ser esa persona.

Estaba en crisis. El mundo del diseño era una mierda. Estaba rodeada de gente ridículamente insegura, pero vanidosa e ignorante que ni siquiera sabía quien era Salvador Dalí. Hey, estamos hablando de diseñadores ligados al arte, no de ingenieros que son más probables que no sepan quien es Dalí.

Seguía siendo la niña sobreprotegida que debía mentirle a sus padres para poder ser ella y conocer un poco el mundo, porque algo que sí hice durante todo ese tiempo fue viajar por Chile.

Mi entonces pareja se quería casar. Yo no. Nunca me he querido casar. Horror. ¿Quizás es el destino que me espera y lo que DEBO hacer?, pensé en algún momento. Pero un viaje me salvó. Ese viaje a Costa Rica donde calculamos mal el presupuesto y debimos compartir habitación en hostales en vez de quedarnos en hoteles. Y fue lo mejor que me podría haber pasado.

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Conocí personas de todas partes del mundo. Y se acercaban, les gustaba mi personalidad, se asombraban por mi inglés. Hablo inglés desde los 4 años, pero recién pude decir “hey, sí, en realidad hablo inglés fluido”. Fue una revelación. De pronto, por fin era yo. Ser directa y transparente por fin era un valor positivo.

Y a pesar de todo lo relatado, siempre tuve personalidad fuerte, pero ahora ya no tenía que avanzar por el costado de la vida, podía ir por el medio de la carretera y sonreír y brillar y nadie se sentía encandilado ni molesto. Al contrario.

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Volví a Chile más motivada que nunca. Adiós diseño, adiós novio, hola vida nómade. Decidí que iba a recorrer el mundo y nada ni nadie iba a detenerme. No tenía la plata, no tenía el apoyo familiar —por el miedo, no por falta de afecto—, pero no importaba.

Así fue como me fui a trabajar en cruceros, aprovechando mi dominio del inglés. Como pollo nuevo, sin saber nada, le empecé a decir a todo que sí. Ahí conocí a Johnny, un sudafricano sensible como yo, sagitario como yo. Tercera vez que me pedían formalmente matrimonio, pero dije que no, porque tenía otros planes. Nada iba a interponerse en el camino. Ni siquiera el amor. (Y no me equivoqué).

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Viví una de mis 9 vidas en los cruceros, pero el gran paso aún no lo daba: estudiar periodismo. Y aquí es donde tuve que cruzar una de las barreras más grandes. Hasta entonces, y a pesar de London is Dead y otros blogs, me daba mucha vergüenza que alguien leyera lo que yo escribía. Era terrible, como si me arrancaran un pedacito de corazón.

Recuerdo esa clase de Crónica (mi género periodístico favorito). Matías Celedón, el profe, nos había encargado un texto a partir de un relato en video. Yo escribí “El sicario de Dios”. Celedón lo puso en el proyector y casi se le termina de caer el pelo. Empezó a alabar mi texto. Yo me quería morir. Mientras iba, párrafo por párrafo, explicando porqué mi crónica era tan buena, algunos compañeros me miraban de reojo. Supongo que a nadie le gustaba que la nueva destacara. La Nacha, la ayudante de Celedón —y actual amiga—, me animó a escribir más y a perder ese pudor.

El pudor, el miedo, son elementos que nos detienen de hacer tantas cosas. Podía subirme a una mesa a cantar Camilo Sesto, salir a la calle con peluca y cadenas de perro en las caderas, pero que leyeran lo que escribía era como morir un poco, era tirarme al abismo, era subirme al escenario en los talleres de Teatro del colegio. Pero era lo que me hacía feliz. Era lo más auténtico que yo podía mostrarle al mundo. Y resultaba que al mundo le gustaba lo que yo escribía.

Luego en la clase de Reportajes, la Marcela Escobar—periodista, escritora, editora, eminencia— eligió mi texto Couchsurfing, durmiendo con extraños como el mejor del curso. “No tiene ningún error. Ninguno”, dijo, muy seria. Porque la Marcela es seria, pero maternal y no tiene reparos en echarte de tu clase si no la respetas.

Couchsurfing-durmiendo-con-extraños

El segundo mejor era el de Paulo, aunque, entre nos, siempre me pareció que era mucho mejor que el mío. Solo era el segundo mejor porque le faltaba una coma o dos, pero estaba magistralmente escrito.

Supongo que era —y es— muy fácil suponer que a las personas que les va bien en algo se creen lo máximo o mejor que el resto, pero asumir es un reflejo condicionado, una estupidez del porte de un buque.

Por fin podía manifestar mi amor por la literatura, la redacción y las palabras, palabras que no sé porqué se acentúan, ni porqué existen reglas gramaticales, pero el hecho de haber sido siempre una voraz lectora moldearon para siempre mi forma de hablar, escribir y expresarme.

Por fin, todo estaba tomando forma. Por fin.

¿Y La Vida Nómade? La vida nómade ocurría todos los veranos. Salía de la universidad y al día siguiente me iba a trabajar a un barco. Volvía a Chile un día antes de entrar a clases. Las vacaciones de invierno las alargaba con descaro y los profes me lo permitían. Ser buena alumna tiene sus ventajas. Lo mismo el 18 de septiembre. Y así, viajaba 4 o 5 meses al año, tomando 8 o 9 materias. Me estaba matando, pero tenía que terminar pronto porque el mundo me esperaba.

Y cómo no mencionar a Wililloughby, primero gruñón, luego una especie de mentor, el profesor que me instó a que siguiera escribiendo el blog. Creo que eso fue un motor que me impulsó a nunca dejar de publicar en estos 4 años.

Saqué la carrera en menos tiempo, me especialicé en medios digitales, estudié un verano en Corea e hice un diplomado en Historia. ¡Y gané muchos premios!

Había encontrado mi razón de vivir, mi gran motivación para dejar atrás el bullying, la violencia física que viví, los miedos, el rechazo. Ese viaje a Costa Rica me había dado una fuerza insuperable para lograr todo lo que me había propuesto.

Diez años después de Costa Rica, he viajado por más de 40 países, me he parado en importantes escenarios para hablar de mi experiencia como nómade digital y también de marketing —lugar donde caí por casualidad—, he hecho más de 30 viajes de prensa y he compartido con periodistas de los medios más importantes.

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Aún tengo que lidiar con gente de mierda. Hace un tiempo tuve un compañero de trabajo que se burlaba de todo y de todos. Mi primer día de trabajo fue duro. Prácticamente no me hablaba. No hubo ningún tipo de empatía por la “colega nueva”, hasta que se fue relajando con el tiempo.

Luego entendí su personalidad, profundamente insegura. Vivía a constante dieta. Tenía un cuerpo obeso que no correspondía a una persona joven de su edad. Los días de calor se cubría con un polerón grueso y usaba ropa suelta. Tenía el tic de soltarse la polera para que no se le marcaran las pechugas. Entonces, entendí que no era una persona de mierda, sino una persona insegura que usaba el humor y el sarcasmo como mecanismo de defensa.

La vida no es color de rosa y he tenido que aprender a lidiar con personas amargas, mentirosas y aprovechadoras. Ni hablar del mundo de los blogs de viajes.

Lee también: Viajar me salvó la vida

Y acá en The Huffington Post How travelling saved my life

Las personas felices no hacen eso. Al revés, te contagian su alegría, te hacen sentir bien, te regalan una sonrisa. Y ahora que por fin soy feliz, me di cuenta que me hacía aún más feliz compartir datos e historias e inspirar al resto. Porque como dije al inicio de este eterno artículo, yo también tuve miedo alguna vez.

A veces tus demonios te nublan y no te dejan ver más allá. Pero todos lidiamos con nuestros demonios, unos más que otros, y ayudar a otros con sus miedos es una excelente forma de callar tus propios demonios.

El 2017 compartí un viaje con una periodista y me dijo “¿Estudiaste periodismo hace poco? Te gusta demasiado, como los cabros que recién se titulan y lo ven todo bonito”.

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Me gusta el periodismo y la comunicación desde toda la vida. Y si bien el periodismo nacional me ha decepcionado, encontré la forma de comunicar escribiendo en mi blog, escribiendo para agencias de viajes y de marketing, creando constantemente, hablando siempre con la verdad y retratando el mundo a través de los ojos de una niña a la que siempre le dijeron, de una u otra forma, que no podía brillar.

Ya no le temo a nada.

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Categorías: Blog

Fran Opazo

Periodista con mención en Comunicación Digital y un diplomado en Historia. Colaboro en distintos medios y realizo charlas sobre la transformación digital en el turismo. El 2018 empecé a trabajar en una agencia de Marketing Digital y a escribir contenido para la Promoción Oficial de Chile en el mercado nacional e internacional (Chile Travel y Chile Es Tuyo). Si necesitas mis servicios profesionales, no dudes escribirme a lavidanomade@gmail.com. Véamonos en Instagram Facebook y Twitter.

1 comentario

Silvia · 26 noviembre, 2018 a las 1:10 am

Me sacaste unas lágrimas con este post!.
No hace mucho que conozco tu blog, siempre veo tus historias en instagram y con esto me identifiqué mucho contigo, era como estar leyendo parte de mi vida.

También fui una niña sobre protegida a más no poder, soy la mayor de dos hermanos, pero soy la mujer. También debía mentir por que era la única opción de conocer el mundo real, también sufrí de bullying desde sexto básico hasta salir de 4to medio.

Estudié diseño de vestuario y fue una decepción porque no me llena y porque realmente es un mundo bien tóxico. Mi sueño siempre fue estudiar música, ser cantante, y es algo que tengo muy presente de cumplir, pero siempre me gana el absurdo miedo de mostrar lo que hago, aún cuando siempre recibo muy lindos comentarios de la gente que me escucha.

Mi otro gran deseo de toda la vida ha sido viajar, y siempre he estado muy metida en el tema, mirando videos y leyendo blogs.
Eso es lo que quiero para mi vida, ser libre y mostrar mi arte, al igual que tú, a mis 27 años nunca he querido casarme ni tener hijos, solo tengo en mi cabeza ir por la meta de mi primer viaje que ya está cerca, porque después de eso estoy segura que no pararé jamás.

Me es necesario decirte que eres súper inspiradora para mi y me emocionó mucho leer esto.
Todo el éxito del mundo para ti, bella :)!

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