El día que me rescató el 911 en Alaska

A pesar de que muchos pueden considerarme una viajera experimentada, también cometo errores. Este fue uno de ellos y tuve que ser rescatada por el 911 en Alaska. Si bien la historia pasó a ser una anécdota graciosa, perfectamente pudo haber pasado a mayores.

Estaba trabajando en el Pearl, un barco de NCL cuyo itinerario incluía Alaska y Canadá y, a diferencia de lo que se cree habitualmente, los del Gift Shop teníamos mucho tiempo libre para recorrer la mayoría de los puertos.

Era la segunda semana de julio del 2016 y Juneau había despertado soleado. Una colega canadiense sugirió que fuéramos a las cuevas de hielo del glaciar Mendenhall. Leo, uno de nuestros jefes, nos había mostrado unas fotos maravillosas. Nos había dicho que era un poco difícil llegar, aunque nunca mencionó que podía ser peligroso.

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Canadá, China, Chile, Colombia y Rumania, parte del grupo que fue al glaciar Mendenhall.

Partimos un grupo de seis: la canadiense, dos colombianos, un chino, una rumana y yo. Hicimos nuestras mochilas y tomamos un taxi hasta la entrada del bosque que debíamos cruzar para llegar a las cuevas. Era las 4 pm aproximadamente.

Vimos un letrero que alertaba sobre el potencial peligro del bosque. Pensamos que era porque los americanos son un poco exagerados y seguimos. Avanzamos durante un par de horas y, de pronto, el camino se volvió más complejo. Ninguno de nosotros tenía los zapatos ni la ropa adecuada para escalar. Lo más insolito —o estúpido— de todo era que solo Ma, el chino, había atinado a llevar agua, un litro que nos repartiríamos entre seis.




En un momento el grupo se separó y quedamos Natalia —la chica colombiana— y yo por nuestra cuenta. Debimos escalar una montaña que era totalmente vertical. Las piedras estaban sueltas y las zapatillas se nos resbalaban. Si nos caíamos nos matábamos. De pronto me aferré a unas piedras grandes que se soltaron y cayeron sobre Natalia. Grité su nombre tan fuerte que me dolió el pecho. Pensé que le iban a caer en la cabeza, pero Natalia atinó a moverse hacia adelante y las piedras cayeron por su espalda.

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Yo y Natalia (izq). Aún no empezaba lo peor de la travesía y teníamos ánimo para sacarnos selfies tontas.

Recuerdo que transpiraba muy helado. El esfuerzo físico era totalmente secundario. El verdadero problema era mi terror a las alturas. No me imaginé jamás que tendría que escalar una montaña, menos sin equipamiento. A veces pensaba que no podía más del miedo y era Natalia quien me alentaba a seguir. Por momentos era yo quien se hacía la valiente y la empujaba a continuar.

No sé cuanto rato habrá pasado, pero por fin nos encontramos con el resto del grupo. Yo decidí sentarme y observar el precipicio desde una roca. De pronto vi al colombiano, Jhon —y no “John”—, devolverse para ayudarme a bajar. Yo no quería, el miedo a la altura me tenía paralizada, pero él insistió. Bajé con él y creo que le apreté tanto la mano que se la dejé morada.

Teníamos mucha sed y con Natalia nos agachamos para tomar de las pozas que se formaban con el agua descongelada del glaciar.

Por fin llegamos a la cueva. El color azul chocaba contra el hielo, haciendo un efecto muy particular. Las gotas nos caían desde el techo: la cueva se estaba descongelando y parecía que iba a colapsar en cualquier momento.

No estuvimos más de 15 minutos. A la vuelta, Angie, la rumana, se torció un tobillo y debimos buscar otra vía para regresar al bosque. Yo soy muy mala con las direcciones y me dejaba guiar por el resto, pero resultó que el resto tampoco sabía donde estábamos ni cómo volver. Empezó a hacer mucho frío y empezamos a subir de vuelta. Era casi las 8 pm. Sólo veíamos montaña a nuestro alrededor y era evidente que estábamos perdidos. No íbamos a alcanzar a llegar al barco que zarpaba a las 9 pm.

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Dentro de las cuevas de hielo en Juneau, Alaska.

La chica de Canadá entró en crisis y se puso a llorar. En su desesperación logró comunicarse con Leo a través de Facebook para avisarle que estábamos perdidos.

Sugerí que llamáramos al 911 y todos me miraron como si estuviera loca. Me parecía lo más lógico sobre todo considerando que estaba bajando el sol. Pasar la noche ahí era impensable y sólo teníamos un chocolate y una manzana para compartir entre seis.




Ahora el problema era explicarle al 911 donde estábamos. Nos pidieron que volviéramos a bajar y esperáramos la lancha de rescate junto al lago. Me sentí aliviada —y algo decepcionada al mismo tiempo— de que no tendría que subirme a un helicóptero.

Algunos estaban visiblemente angustiados: ya daban por sentado que perderían sus trabajos. Una bandada de pájaros volaba sobre nuestras cabezas, dándole un toque muy lúgubre a la situación.

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Vista del glaciar Mendenhall, Juneau.

Yo miraba todo esto como si estuviera en una película o en un documental de Discovery. No me lo tomaba muy en serio, quizás porque confiaba que iba a salir ilesa de ahí, aunque debo confesar que cada cierto rato me imaginaba que iba a aparecer un oso y nos iba a atacar —sí, hay osos en ese sector—. Hacíamos chistes, quizás por los nervios, hasta que por fin vimos la lancha que se acercaba por nosotros.

Los rescatistas fueron muy amables y comprensivos. Nos pasaron unos chalecos salvavidas y nos dijeron que esto ocurría mucho más seguido de lo que pensábamos. Cuando llegamos a la otra orilla estaba la policía esperándonos. No sabíamos si eso era algo bueno o no.

Nos anotamos en un registro, mostramos nuestras identificaciones y los policías ofrecieron a llevarnos de vuelta al barco. ¡No lo podía creer! Y todo con una sonrisa. La gente en Alaska es muy amable, pero no me esperaba esto. Me sentí como una niña tonta que se había perdido en el bosque.

Llegamos a la entrada del barco. El agente portuario nos sonrió y dijo “Les tengo una buena noticia: también faltan unos pasajeros”, así la atención no se centraba en nosotros ni éramos 100% culpables de atrasar la partida del barco hacia el próximo puerto.

Cuando nos subimos nos recibió nuestro jefe, Peter, que nos miró con rabia. No dijo una palabra. En cambio Leo —una persona bastante más civilizada—, nos recibió aliviado de que estuviéramos bien. Nos dijo que fuéramos a nuestras cabinas y no habláramos con nadie hasta saber cuál sería la decisión del capitán. No me importaba si me echaban a mí —que ya estaba harta del barco—, pero sí a mis compañeros.

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Tenía toda la ropa muy sucia y estaba llena de moretones. Por suerte esa noche no me tocaba trabajar. Estaba molida.

Dos días después nos enteramos de que no nos iban a despedir porque habíamos hecho lo correcto: pedir ayuda y avisar de que no íbamos a llegar a la hora.

En resumen, nuestra conducta fue totalmente irresponsable e ingenua. Tuvimos la suerte de que no nos pasara nada. Algunos meses después volví a Mendenhall a hacer kayaking en el lago con tres amigos americanos. Era mucho más fácil llegar a las cuevas de esa manera, pero algo cansador.


Fran Opazo

Periodista con mención en Comunicación Digital y un diplomado en Historia. Colaboro en distintos medios y realizo charlas sobre la transformación digital en el turismo. El 2018 empecé a trabajar en una agencia de Marketing Digital y a escribir contenido para la Promoción Oficial de Chile en el mercado nacional e internacional (Chile Travel y Chile Es Tuyo). Si necesitas mis servicios profesionales, no dudes escribirme a lavidanomade@gmail.com. Véamonos en Instagram Facebook y Twitter.

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