“Relájate”, le dijo el ruso a la chilena. Pero la chilena tiritaba. Le vendaron los ojos, la sujetaron entre dos. La chilena se dejó llevar. El ruso le lanzó cinco cuchillos que reventaron cinco globos estratégicamente ubicados en su cuerpo: uno en su boca, otro bajo cada brazo, otro entre las rodillas y uno en cada mano. La chilena se sacó la venda y dejó escapar una tremenda carcajada. Esta era su primera experiencia en Couchsurfing.

Mi sofá es tu sofá

La idea de dormir en casa de extraños nació tras un viaje de Casey Fenton —gringo, jipi, emprendedor— a Islandia, donde, luego de enviar cientos de correos electrónicos, encontró a varios estudiantes dispuestos a hospedarlo en forma gratuita. Al volver a California, empezó a desarrollar la idea de Couchsurfing (CS). Corría el 2004 y, como todas las buenas ideas, ésta se amplió hasta convertirse en una organizada plataforma de intercambio de sofás. En la actualidad, el sitio web cuenta con 7 millones de miembros de cien mil ciudades: desde Santiago hasta Alaska, desde Ho Chi Minh hasta Tombuctú, desde el Vaticano hasta Nueva Deli. Alrededor de 38 mil son chilenos.

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Foto: http://one-europe.info

Couchsurfing significa “surfeando en el sofá”. Es, en realidad, cualquier espacio que se pueda compartir para que un viajero se hospede: un sillón expandible en la sala de estar, un colchón inflable en la cocina, una habitación privada, un jardín donde instalar una carpa.

Sin embargo, describir a Couchsurfing como una forma de hospedarse gratis es equivalente a decir que el iPhone es para hacer llamadas. Es la red de viajeros más popular a nivel mundial, una forma de intercambio cultural entre anfitrión e invitado —host y surfer— donde, como reza el sitio, te juntas con un amigo al cual aún no conoces.

Carta de presentación

En el aspecto de Alahe Abrahimia (24) no hay pista que indique que no es chilena. “Soy hija de iraníes”, aclara. Nacida en California y criada en Luxemburgo, Alahe estaba destinada a convertirse en una ciudadana del mundo. Su sonrisa —amplia, blanca, tentadora— invita a contar su experiencia, como si esa mañana se hubiera despertado en un sofá ajeno.

“Primero, busco anfitriones con foto, que al menos tengan dos referencias. Es importante que tenga una buena descripción, no quiero ir a la casa de alguien que escribe un par de líneas y no tiene nada interesante que decir”, añade.

En el perfil es fundamental delinear la filosofía y misión de vida. Cuanto más completo, más posibilidades de ser hospedado. También se debe especificar qué se ofrece: un sofá o quizás un par de horas para mostrar la ciudad a un viajero. Luego de oficiar como anfitrión (en CS se conoce como host) o invitado (surfer) es importante calificarse mutuamente y hacer un comentario sobre la experiencia.

El turista —domesticado— recorre una ciudad con una guía bajo el brazo, dejando un breve espacio a la espontaneidad. El viajero —salvaje— se deja sorprender, está en la búsqueda de lo inesperado y prefiere conocer un lugar desde adentro para así tener una visión desde un punto de vista local. Es por eso que Alahe usa Couchsurfing cada vez que visita un país.

“Ahorrar dinero siempre es algo bueno”, añade Alahe, “pero no es mi motivación principal. Sin embargo, no es gratis en el sentido que se invierte mucho tiempo y energía buscando a un anfitrión”, concluye.

En efecto, la búsqueda del host adecuado requiere trabajo. Luego, deberá escribir un couchrequest al anfitrión elegido, una petición formal explicando por qué quiere dormir en su sofá. Aquí radica el secreto del éxito.

CSlogoHaciendo comunidad

El romance entre Couchsurfing y Francisco Carmona (31) —chileno, residente temporal en Dinamarca— comenzó el 2006. Como toda gran historia de amor, la suya empezó por casualidad: “Iba en el metro hacia la universidad, y vi que alguien estaba leyendo un diario que decía La nueva forma de viajar. Esa semana comencé a buscar más información y me inscribí”, comenta.

Se involucró a tal punto que ya recibió a más de cien personas —tanto en Santiago como en Copenhague— y llegó a convertirse en embajador nacional de la plataforma. “Me interesa mostrar qué podemos hacer como comunidad de viajeros, no sólo turisteando o saliendo, sino que también haciendo aportes sociales. Por eso he organizado actividades transversales desde ir a La Piojera, a hacer visitas a hospitales; trato de mostrar no sólo el Chile turístico, sino también el lado humano del país”, añade.

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La chilena de los cuchillos en acción (NY – 2011)

Además, Couchsurfing siempre es útil para unirse a otros viajeros solitarios, o bien, para empezar una red de conocidos al emigrar a otra ciudad.

En un viaje a Nueva York, la chilena de los cuchillos, inyectada con el veneno de la curiosidad, asistió a una fiesta Couchsurfing. Se realizaría en un dúplex ubicado en el Upper East Side, uno de los sectores más acomodados de la ciudad. “Esto es muy bueno para ser cierto”, pensó. Pero la realidad resultó ser aún mejor de lo que esperaba. Al entrar, se encontró con gente que de inmediato le hizo sentir bienvenida. En la terraza, unos couchsurfers tocaban música. En la cocina, unos puertorriqueños, contratados para la ocasión, preparaban tacos y comida hindú para los trescientos invitados. En una esquina, el dueño —pintor, millonario, excéntrico— conversaba tranquilamente, como si esos trescientos extraños fueran amigos de toda una vida.

Esperar lo inesperado

“Me atrae lo inesperado, especialmente si viajo sola”, dice Alahe. “Prefiero que mis hosts sean jóvenes, pero una de mis mejores experiencias fue con alguien mayor”. Era su primera vez viajando sola: Portugal era el destino elegido. “Un tipo me ofreció hospedaje. Vi su perfil y, en lugar de foto, tenía un dibujo animado. Raro. Después noté que tenía setenta y cinco años. Pero luego me fijé que tenía muchas referencias, todas positivas. Así que pensé que debía ser bueno”, agrega.

“Cuando abrió la puerta de su casa”, continúa, “pude ver sus ojos brillando. ¡Se sentía la hospitalidad! De inmediato me pasó un juego de llaves —primera vez que alguien me daba las llaves de su casa—. Vivía solo, estaba jubilado y todos los días hacía lo mismo, salía y le mostraba su ciudad a estos extraños. Su hogar era pequeño, un departamento con dos habitaciones. En la entrada tenía un globo terráqueo enorme, lleno de banderas de todo el mundo. También tenía un estante lleno de todo tipo de regalos que le llevaban sus surfers. Era muy impresionante”, agrega.

En vez de quedarse dos días, Alahe se quedó cinco.

No hables con extraños

La recomendación parental de no hacer caso a personas desconocidas no corre en Couchsurfing. Aunque sí se aconseja el uso del sentido común.

En 2009, se conoció el caso de una couchsurfer de Hong Kong, violada en Inglaterra por un marroquí residente. Fue sentenciado a diez años de prisión.

Respecto a los casos de acoso o abuso sexual, Carmona asegura que nunca ha tenido un problema y cree que Couchsurfing sí toma responsabilidad. “Una surfer me comentó que cuando fue a Bucarest le llegó un mensaje de la página advirtiéndole sobre un ex miembro de ciertas características, que había sido reportado varias veces”, comenta.

Aún así, Francisco cree firmemente en el proyecto. A su regreso a Chile piensa retomar la organización de actividades con enfoque social.

Viaja como un local, quédate en la casa de alguien y experimenta el mundo de una forma que el dinero no puede comprar, reza la página principal de Couchsurfing.

Al fin y al cabo, las mejores cosas de la vida son gratis, pero no por el hecho de no gastar dinero, si no por facilitarnos experiencias que de otra forma sería muy difícil realizar. Si no, ¿cómo sería posible ir a una fiesta exclusiva en Nueva York, conocer a un chamán en plena selva amazónica o ser parte del acto del lanza cuchillos ruso de un circo neozelandés sin gastar un peso?

 

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