Antes de que digas cualquier cosa, ya sé lo que estás pensando. ¿Qué se fumó esta chilena que le anda escribiendo una carta de amor a Argentina? ¡Qué cursi! Ya me imagino los comentarios, pero no me importa. No me extrañaría perder un par de lectores. Pero el amor no sabe de razones. Y cuando a mí me gusta algo, me gusta mucho.

Hace ya un tiempo que tenía ganas de escribir este artículo. Argentina ni siquiera es mi país favorito —Japón pelea codo a codo con Vietnam por el primer lugar—, pero está mucho más cerca de mi corazón de lo que te imaginas.

Carta de amor a Argentina

Buenos Aires 1997.

Todo comenzó cuando era una nena y estaba obsesionada con Soda Stereo porque mis papás eran muy fanáticos, así como también de Virus. Fueron las canciones de Gustavo Cerati y de Federico Moura las que me instaron a empezar a escribir. Me acuerdo que tenía unos doce años y mis compañeros me decían “Esto es muy triste, me dan ganas de llorar”. Y es que había algo melancólico en las letras de Cerati que me fascinaban. Fue gracias a mi fanatismo que pude viajar, por primera vez, fuera de Chile. Mi destino era Buenos Aires con la misión de ver a mi banda favorita antes que se separara definitivamente.

Así fue el diálogo con mi mamá:

— Imagínate que los Beatles hubieran tocado en Lima antes de separarse. ¿Acaso no habrías hecho todo lo posible por ir?

(Mamá asiente en silencio y mira el horizonte).

Buenos Aires 1997

Volando a Buenos Aires. ¡Casi perdimos el avión!

Mi manipulación —muy barata, por cierto— surtió efecto y mi papá se la jugó y me dio un permiso notarial para viajar fuera del país. Era menor de edad.

Y así fue como me instalé durante una semana en un hotel de una estrella en Lavalle, en pleno centro porteño, entre un cine porno y una disquería. En esa época me gustaba sacar fotos con efecto vintage, por eso las imágenes que acompañan esta carta se ven incluso más antiguas de lo que son. Era fines de la década de los 90s, aún no existían las cámaras digitales.

Lo primero que noté fue algo imposible de ignorar: los porteños hablaban muy fuerte, como yo. Todos eran muy sociables, todos querían contarnos su versión de cómo era la república Argentina. Me pareció muy cosmopolita porque, hasta entonces, no tenía otro país de referencia aparte de Chile.




Los taxistas eran muy conversadores y parecían verdaderos guías de turismo, contándonos sus propias versiones del Obelisco o de la avenida 9 de julio. Había escenas algo impactantes para esta niña que nunca había salido de Chile: mujeres mayores, muy delgadas y teñidas muy rubias, tomando sol en plena plaza, algo que sólo he vuelto a ver en el sur de Italia.

Me gustó el subte que tenía unos asientos aterciopelados morados —quizás ahí comenzó mi fijación por los metros—. Me gustó el chofer de micro que me llevó a Caminito, de pelo castaño y ojos muy verdes. Me gustó ver las veredas llenas de gente disfrutando de la noche bonaerense. Se puede decir que Argentina me cayó bien desde un primer momento. Me sentía algo campesina, maravillada con lo que había al otro lado de la cordillera, pero al mismo tiempo, muy acogida.

Buenos Aires 1997

Buenos Aires 1997. Caminito.

Aparte de eso, estando en el colegio, iba a veranear a Viña del Mar, donde suele estar lleno de argentinos, especialmente de mendocinos. Era muy divertido ver como se tomaban las calles, playas y discotecs de Reñaca, con sus bronceados extremos y su chamullo incesante, lo que provocaba los celos de los chilenos y las risitas coquetas de las chilenas.




Tiempo después fui a Mendoza y, aunque es muy diferente a Buenos Aires, también me llevé una buena impresión. Luego empecé a viajar más y me encontré con argentinos por doquier: en Nueva Zelanda me topé a Germán, el marplatense adoptado por España que no sabía gota de inglés, pero se hacía entender igual; la stripper que se buscó la vida y hoy es una flamante profesional; Macarena, la reina de la noche, amante de la literatura y de Jim Morrison; Lucas, mi petiso aventurero favorito, el argentino cincuentón y adorable del barco que llevaba el chamullo en el ADN, entre muchos otros.

Sólo en un par de ocasiones me encontré con unas argentinas pesadas que no veían con buenos ojos que saliera con uno de los suyos. Son casos aislados que no afectan mis sentimientos reflejados en esta carta de amor a Argentina.

Buenos Aires 1997

Buenos Aires 1997. Recoleta (creo).

También me encontré con muchos comentarios negativos —y algo injustos— hacia los argentinos, especialmente en la industria turística: que no hablan inglés, que quieren todo gratis, que el dólar es muy caro para nosotros cheeeee. Es que a los argentinos no hay que entenderlos, hay que quererlos. Y aunque el acento les juegue en contra, su nivel de inglés es superior al de los chilenos.

Por supuesto que me he encontrado con argentinos agrandados que me sacan Las Malvinas en cara o que dicen que compramos la Copa América. Y siempre me tomo el tiempo de explicarles que cuando ocurrió lo de Las Malvinas, Chile estaba bajo una dictadura militar donde el chileno común no tenía ni voz ni voto. Un poquito de lectura y sentido común no hace mal, chicos. ¿Acaso ven a los chilenos recordándoles lo que pasó en la Patagonia? Tarea para la casa.

Y sobre el fútbol: Chile ¡por fin! tiene un equipo reconocido a nivel mundial. No es más que eso y queremos disfrutar de la época de oro del fútbol chileno que le trae tantas alegrías al país.

Mira lo que tienen que decir los blogueros de La Comunidad Viajera sobre Chile. ¡Casi todos son argentinos!




Me caen bien, porque siento que los conozco. Me da un poco de vergüenza ajena cuando escucho a argentinos tratando de “negros” a chilenos o cuando leo a chilenos atacando a argentinos por [escriba aquí cualquier estupidez]: ya sabemos que eso es el reflejo de una educación mediocre o una forma de compensar los sentimientos de inferioridad a través de una postura de superioridad.

A pesar de todas las diferencias, somos muchos más parecidos de lo que pensamos. Sino, no me explico porqué cuando he viajado a otros países o he trabajado en barcos, veo a chilenos y argentinos tomando, comiendo, festejando y riéndose juntos como hermanos, ni tampoco me explico la amistad que he forjado con muchos trasandinos.

Me caen bien los argentinos, muy bien. Incluso cuando son demasiado argentinos y el mundo se queja de su argentinidad.

Termino esta carta de amor a Argentina con esta maravilla, quizás la que inició el romance. Cuando una canción es más que sólo una canción…

 

 

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