Hace meses ya tenía planeado pasar el Año Nuevo en Tokio, mi ciudad favorita. Pero en esta oportunidad no estaba sola, así que tenía que someter a votación popular qué íbamos a hacer esa noche. Por breves instantes la idea de ir a Tokio peligró, pero yo iba a ir sola o acompañada.

Al final partimos Claudia, China y yo en tren desde Tokoyama hasta un pueblo que ya olvidé, donde su amigo Yen nos estaría esperando. Nos demoramos 5 o 6 horas y cuando por fin llegamos a la estación buscamos un baño para producirnos. Como buenas representantes del género femenino, perdimos la noción del tiempo.

Yen nos estaba esperando en su auto. Partimos a Tokio. El plan era ir a una fiesta de Couchsurfing, pero era evidente que no íbamos a llegar a tiempo. La medianoche nos pilló en plena carretera, así que paramos afuera de un 7 Eleven y brindamos con un Malibú, que a esas alturas tomábamos para calentar nuestros cuerpos latinos poco acostumbrados al invierno nipón.

Tokio nos recibió con sus calles repletas de gente y de policías. ¿Acaso había un atentado? No, sólo era Japón aplicando el orden, como siempre.

Ya abortado el plan A, buscamos un B. Nos recomendaron ir a un club en Shibuya llamado The Womb. ¡Cuarenta mil yenes!, exclamamos cuando nos dijeron el precio de la entrada. Son como USD 40 y, aunque cualquier fiesta de Año Nuevo en Chile es más cara, no queríamos gastar tanto.

De pronto vimos la solución a nuestros problemas: había otro club cercano que cobraba 15 mil yenes a las mujeres. En ese momento agradecí mis cromosomas e hice la fila. Entonces, se me acercó un japonés súper emocionado a preguntarme si era japonesa. Vaya uno a saber qué se había fumado ese pobre parroquiano. “Ah… entonces ¿rusa?”, fue su segundo y fallido intento.

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Lamentablemente no tengo ninguna foto buena de mi Año Nuevo en Tokio.

Entramos y fue peor que entrar al Maracaná para el mundial de fútbol en Brasil. La gente empujaba y yo, que odio el contacto humano extremo, me concentré en no morir de estrés y calor. Unos guardias extranjeros de dos metros dirigían a la multitud. Eran enormes y tenían un micrófono con auricular. Me sentí como Beyoncé.

Perdí a mis amigos y fui al baño, donde me vi rodeada de japonesas extremadamente producidas. Algunas estaban muy borrachas. Se había perdido por completo aquello que siempre admiré: la amabilidad nipona. ¿Ustedes creen que los hispanos somos los más prendidos para la fiesta? Entonces no han ido a Asia.

Me saqué mis ochenta capas de ropa y quedé en un strapless —esos benditos vestidos salvadores de 12 dólares de H&M—. Encontré a mis amigos y nos entregamos a la noche. De pronto, un japonés alto se me tiró encima, ¡cual tigre ataca a su presa! Era bastante agraciado, pero esto no es La Polar, llegar y llevar.




La China hacía sus visitas al bar y nos compartía sus tragos misteriosos, mientras yo dejaba los pies en la pista de baile con “Let Me Love You” de Justin Bieber —no me juzguen—. De repente se me acercó un niño. ¡UN NIÑO! Era un italiano de 18 años que quería bailar conmigo y quien sabe qué más. Por más que intenté asustarlo —le dije que podría ser su madre—, no hizo caso. ¡Estos italianos son terribles! Cuando por fin me zafé, un asiático —creo que de Indonesia— me empezó a bailar y a decir cosas en el oído, a pesar de que era evidente de que no quería ni que me bailara ni que me susurrara nada. Cosas que pasan en Año Nuevo cuando el alcohol corre por las venas de la gente.

Volví a perderme. Y sí, a veces lo hago intencionalmente con el fin de investigar la noche. En eso vi a un muchacho de rostro triste. Y como nadie merece estar triste para Año Nuevo, me acerqué toda  amistosa, le puse un brazo en el hombro y le dije “What’s up?”.

Y el tipo prendió como pasto seco porque a los cinco minutos de conversar me dijo: “¿Estás lista para salir de aquí y tomar algo en otra parte?” Y como nada sabe mejor que el alcohol gratis, le dije que sí. Fue a buscar sus cosas, encontré a mis amigos y salimos. ¡Pero salir fue aún peor que entrar! A esas alturas los nipones ya estaban todos destruidos. Los guardias SWAT hacían lo posible para dirigir el tránsito. En caso de emergencia habríamos muerto todos aplastados. Japón, qué raro eres cuando tomas.




Ya afuera, el chico, que era francés, me compró una cerveza. El amigo de la China tenía que manejar de vuelta, así que ya se quería largar, por lo que tuve que despedirme abruptamente de mi nuevo amigo. Pero él no quería dejarme ir y nos invitó a su departamento en Shinjuku. Ea eaa que siga la fiesta, pensé. Y de pronto me dijo ¡Soy romántico porque soy francés!, mientras yo tarareaba a Justin en mi mente.

La China llegó y, como si fuera mi mamá, le dijo ¿Acaso sabes su apellido? ¡NO! Y no, él no lo sabía ¿Quién le pregunta el apellido a la gente en Año Nuevo? En fin, la China me salvó de caer en las garras de un romántico francés y nos fuimos de vuelta al pueblo cuyo nombre no recuerdo, cantando nanina nah nah nah nanina nah nah nah let me love you, let me love you hasta el cansancio.

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El Fuji, Los Prisioneros y la peor resaca.

Como casi nunca tomo alcohol al otro día desperté pidiendo perdón. La China me levantó A LAS 10 DE LA MAÑANA. Pero bueno, debíamos marcharnos. Yen nos llevó a una isla preciosa llamada Enoshima. En la radio sonaba El Baile de los que sobran mientras veíamos el monte Fuji desde la carretera. Fuimos a un templo, comimos delicias japonesas y nos reímos de la noche anterior.

Seamos francos: no sé si puedo calificar como épico este Año Nuevo en Tokio. Por lo general creo que la gente se hace muchas expectativas para la última noche del año, como si de eso dependiera cómo va a ser el que viene. Bailé, conocí gente, estuve con amigos que aprecio y desperté en mi ciudad favorita. ¿Qué más puedo pedir? Fue un excelente comienzo del 2017.

¿Te gustó mi testamento? No lo compartas, que quede entre nosotros  😉

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